
SEMBLANZA DE ADRIANA PÉREZ CHAIA
(1959-2025)
Por Eloy Argañaraz Martínez (eloy.arganarazmartinez@fbqf.unt.edu.ar), Jaime Babot (jbabot@cerela.org.ar) y María José Lorenzo Pisarello (mjlorenzopisarello@cerela.org.ar)

Entre los años 1998 y 2006, conocimos a la Dra. Adriana Pérez Chaia, para nosotros simplemente “Jefa”, durante nuestras etapas como estudiantes avanzados en la Facultad de Bioquímica de la Universidad Nacional de Tucumán. Tuvimos la fortuna de que fuese ella quien estuviese a cargo de nuestras comisiones cuando, oportunamente, cada uno de nosotros cursó Microbiología General. Desde el primer día nos cautivó su calidad profesional: una docente apasionada, minuciosa en la mesada, entregada al trabajo y dotada de una claridad pedagógica admirable, capaz de hacer parecer sencillo todo lo que explicase. Ese encuentro inicial fue bisagra en nuestras vidas; bajo su influencia comenzó a despertarse en cada uno de nosotros la vocación científica que marcaría nuestro futuro.
Por eso, cuando obtuvimos nuestros títulos, no dudamos en buscarla. La elegimos como guía para desarrollar y expandir ese deseo de conocimiento que había sembrado en cada uno de nosotros años atrás. En aquel tiempo, nuestra Jefa ya era una investigadora de renombre: una de las responsables del Laboratorio de Ecofisiología Tecnológica de CERELA y miembro del equipo que desarrolló la emblemática Leche Bio, primera transferencia tecnológica del CONICET a la industria láctea. Su vínculo con el sector privado fue constante a lo largo de su carrera, concretando convenios con diversas empresas y siendo parte del grupo científico que creó el suplemento Bioflora. Con el tiempo, nuestra Jefa se consolidó como Profesora Asociada de la Cátedra de Fisiología Microbiana de la Facultad de Bioquímica de la UNT, Investigadora Principal del CONICET y Directora de CERELA, liderando el crecimiento de la institución incluso en los años difíciles de la pandemia. En su trayectoria científica, se focalizó en la creación de alimentos con valor agregado a partir de matrices vegetales, probióticos y posbióticos, así como al desarrollo de suplementos bacterianos para mejorar la nutrición y la sanidad en la industria avícola.

Adriana dirigió nuestras tesis doctorales con asombrosa lucidez y una creatividad que nunca parecía agotarse. En tiempos de recursos limitados lograba resultados que parecían imposibles, enseñándonos, casi sin proponérselo, a desarrollar nuestras propias capacidades para cumplir con nuestras tareas aun en condiciones adversas y lograr investigaciones de alto nivel. Nuestra Jefa compartía la oficina con las doctoras Cristina Apella y Silvia González, un trío que rebosaba de ingenio y calidez humana, y se percibía como una alianza sólida: amigas que se acompañaban, se respaldaban y se complementaban amorosamente. Había que tomar coraje para golpear la puerta de ese box, por el temor de no estar a la altura al discutir resultados o planificar nuevos ensayos. Ese bloque imponía respeto antes de cruzar la puerta, pero, una vez adentro, ofrecía contención, orientación y un aliento genuino.
Coincidimos, sin duda alguna, en que no conocimos a una persona más brillante que nuestra Jefa: su inteligencia suprema y su impronta sarmientina, la hacían capaz de encontrar explicación a resultados sin sentido para nosotros, con la habilidad de aplicar modelos matemáticos complejos con naturalidad y la obstinación suficiente para pasar la noche en vela y lograr el gráfico perfecto. En esas ocasiones, su mente avanzaba a una velocidad deslumbrante, dejando un cuerpo extenuado y un cenicero inevitablemente lleno.
Entre muchas otras cosas, recordamos con admiración su francés impecable cuando recibíamos visitas de investigadores de ese país, fruto de sus estudios de juventud y de su estadía posdoctoral en Francia. Además de su dominio académico, permanece en nosotros su mirada maternal y protectora. Según ella, siguiendo la lista de deseos que toda madre tiene para sus hijos, nuestra obligación era la de tener la “casa propia” y fortalecer nuestras familias. Nos inculcó unión, compañerismo, crecimiento profesional sin rivalidades y, sobre todo, la certeza de que debíamos sostenernos mutuamente, de manera incondicional, en cada tramo del camino.
Compartimos con nuestra Jefa más de veinte años de vida y de carrera. Su partida temprana nos deja un gran vacío, pero también un agradecimiento eterno por habernos permitido formar parte de su equipo. Nos queda ahora la responsabilidad, y el honor, de llevar su legado a cada lugar donde vayamos. Sabemos que quedaron muchas charlas pendientes, pero tenemos la dicha de que su voz sigue resonando cariñosamente en nuestra memoria.
¡Hasta siempre, querida Jefa!